Día 10. Mi abuela Ascensión

Hoy, después de comer, le he contado el cuento de La Muñeca Cagona a Isma. Es un cuento que me contaba mi abuela Ascensión (o Asunción, porque tenía 2 nombres mi abuela) cuando era pequeña. Ha sido maravilloso. Se ha reído justo justo en los mismos momentos que yo me partía de risa también con mi abuela.

Me he asombrado de lo buena contadora de cuentos que era mi abuela: conseguía seguir con la historia aún viéndome reír. Ella seguía. Era como un ritual. Yo se lo pedía una y otra vez.

Mi abuela era redondita. Con la piel suave y cálida. Y su sonrisa también. Me encantaba abrazarme a su gran panza y morderle el antebrazo. Sí, le mordía. Y ella se dejaba. Como me dejo yo con los perros cuando quieren jugar. Solo una vez me dijo que parara. Porque yo, bruta y exploradora, probé a apretar más. Le quedó una marca roja algunos días. Cómo somos de cachorros los humanos.

A mi abuela le gustaba el helado de turrón. Y los sándwiches de jamón york con mantequilla. Con mucha mantequilla. Y los piononos. O piodiez (no tengo claro cómo se llaman en realidad).

También le gustaba leer novelillas de combois. Y yo la imitaba cuando se sentaba a leerlas con sus gafas resbalando por su nariz redonda y su mano en movimiento sosteniendo esos pequeños librillos que vendían en los quioscos antaño. Los llamaba así: de combois. También a las películas. En los años 80 echaban en la tele muchas películas de cowboys, del Oeste. Spaghetti western.

Es curioso cómo conocemos a las abuelas, a los abuelos, en un momento de su vida en el que pareciera que todo su mundo son los nietos, los cachorros de sus cachorros. Sin darnos cuenta de que, en realidad, es nuestro mundo el que es pequeño. Nuestro universo es nuestra familia. Luego ya, crecemos, y pasamos a otra etapa que nos coloca en un plano superior.

Y cuando aún crecemos más, descubrimos que esas personas canosas, casi siempre de piel arrugada y ojos sonrientes, también fueron jóvenes. Y vivieron una vida entera llena de experiencias. Una guerra incluso. También fueron niñas. Tuvieron sueños, miedos y deseos.

Tomaron decisiones. Y, con esas decisiones, nosotras.

Quiero ser esa mujer mayor que necesité de niña. Quiero ser una anciana que enseñe y siga aprendiendo. Quiero que alguien escriba de mí cuando yo ya no esté con una sonrisa como acabo de hacer hoy yo con mi abuela.