Desde que se encienden las cosas

Desde que enciendo la luz, la tele, el Netflix.

Desde que enciendo mi radar en las noches del Soma.

Desde que enciendo una vela sin quemarme, sin quemar nada.

Desde que se encienden las luces en el parque y el paseo se vuelve un poco más amigable.

Desde que encendí el motor de aquel Xarita, que me llevaba a los 20 como si fuera una reina.

Desde que enciendo un cigarro mientras escribo un deseo. Sí, porque aún se fuma. Y se llora. Y se pee una.

Desde que el ordenador está encendido y me avisa de tu cumpleaños y no te escribo porque ya no quiero.

Desde una última encendida de aquella lámpara en aquella habitación en aquel edificio de aquella ciudad.

Desde entonces, he buscado en vano la sutileza de la sencillez.

Sin darme cuenta hasta hoy… ¡Hasta hoy! Con 40 y muchas vidas (lo dicen los surcos de mis manos). Que ese concepto (lo simple, lo mínimo, nada de excesos, pasito a pasito, piano piano) está en mí como Dios en Jesucristo.

Lo que pasa es que no lo he dejado pasar. He evitado su caricia, su manto.

¿Para qué? Para huir. Sin tilde.

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